Ha dedicado su vida a conseguirla. Finalmente, la tiene entre las manos. Ha ganado, ha cumplido su sueño. Pero, cuando los aplausos desaparecen, surge una pregunta inesperada: «¿Y ahora?»
La medalla de oro representa el éxito. Sin embargo, una vez alcanzada la meta, puede aparecer un vacío difícil de explicar. Todo el esfuerzo tenía un propósito y, de repente, ese propósito parece haberse agotado.
Algo parecido sucede fuera del deporte. Se consigue un trabajo, se compra una vivienda, se forma una familia o se alcanza la estabilidad deseada. Y, aun así, algo no termina de encajar.
En ocasiones, convertimos una meta en una promesa: cuando consiga ese trabajo, cuando encuentre pareja o cuando alcance la estabilidad que deseo, por fin me sentiré bien. Depositamos en el futuro la esperanza de resolver nuestras inseguridades y encontrar una satisfacción que echamos en falta en el presente.
El problema aparece cuando llegamos al destino y descubrimos que aquello que esperábamos encontrar allí no dependía únicamente de alcanzar la meta.
LA VIDA QUE SE SUPONE QUE DEBEMOS DESEAR
En El malestar en la cultura (1930), Sigmund Freud reflexionó sobre las tensiones entre nuestros deseos, las exigencias sociales y las renuncias necesarias para convivir.
Desde pequeños aprendemos lo que se espera de nosotros: estudiar, trabajar, progresar, formar una familia y alcanzar cierta estabilidad. Son objetivos legítimos, pero no siempre nos detenemos a pensar si responden a nuestros propios deseos.
Podemos pasar años haciendo lo que debemos hacer y descubrir que apenas nos hemos preguntado qué queríamos hacer realmente.
A veces, el vacío no aparece porque nos falte algo, sino porque hemos conseguido aquello que se suponía que debía hacernos felices.
¿TODOS LOS ÉXITOS NOS HACEN FELICES?
En El utilitarismo (1863), John Stuart Mill distinguió entre diferentes calidades de placer. Su reflexión invita a cuestionar una idea todavía muy extendida: que una vida mejor es necesariamente aquella en la que acumulamos más logros, bienes o reconocimiento.
El éxito profesional, el dinero y la aprobación de los demás pueden proporcionar satisfacción. Pero no garantizan una vida plena.
La cuestión no es renunciar a las metas, sino evitar que se conviertan en la única medida de nuestro valor. Alcanzar objetivos puede ser gratificante; encontrar razones para vivir más allá de ellos es otra cuestión.
¿PROGRESAR SIGNIFICA VIVIR MEJOR?
En Sapiens: De animales a dioses, Yuval Noah Harari plantea una reflexión provocadora sobre la revolución agrícola y la idea de progreso. El desarrollo de la civilización transformó radicalmente nuestra forma de vivir, aunque también trajo nuevas obligaciones y formas de dependencia.
Esto no significa que nuestros antepasados fueran necesariamente más felices. Nos recuerda algo más sencillo: progresar no equivale automáticamente a vivir mejor.
Podemos mejorar nuestras condiciones materiales y, al mismo tiempo, sentirnos atrapados en una vida que apenas hemos elegido conscientemente.
CUANDO LA VIDA INTERRUMPE NUESTROS PLANES
La jubilación puede convertirse en una crisis inesperada para quienes han construido su identidad alrededor del trabajo. Al desaparecer los horarios, las responsabilidades y el reconocimiento profesional, algunas personas experimentan una pérdida de dirección.
El problema no siempre es dejar de trabajar, sino descubrir que no se ha aprendido a vivir más allá del trabajo.
Algo parecido puede suceder cuando una enfermedad crónica, como la fibromialgia, obliga a modificar los planes. El dolor, el cansancio y las limitaciones pueden afectar a la identidad, las relaciones y las expectativas de futuro.
Esto no significa que la enfermedad tenga un origen psicológico. Significa que afrontar una realidad que transforma la vida también puede exigir una revisión de lo que da sentido a la existencia.
No se trata de negar lo perdido, sino de descubrir qué continúa siendo posible.
CUANDO DESCUBRIMOS QUE EL TIEMPO ES LIMITADO
En Ser y tiempo (1927), Martin Heidegger situó la finitud humana en el centro de su reflexión filosófica. La conciencia de que nuestra vida tiene un límite puede cambiar la manera de interpretar nuestras decisiones.
A veces vivimos como si siempre hubiera una oportunidad posterior: ya habrá tiempo para disfrutar, para cuidar las relaciones, para cambiar de rumbo o para hacer aquello que realmente importa.
Hasta que aparece una enfermedad, una pérdida o simplemente el paso de los años, y comprendemos que el tiempo no es ilimitado.
El miedo a la muerte puede esconder también otro temor: descubrir que no hemos vivido como deseábamos.
EL MIEDO A CAMBIAR DE VIDA
En El miedo a la libertad (1941), Erich Fromm analizó cómo la libertad puede generar inseguridad. Elegir implica asumir responsabilidades y renunciar a algunas posibilidades.
Por eso, incluso una vida insatisfactoria puede parecer más segura que una transformación cuyo resultado desconocemos.
Cambiar de profesión, terminar una relación, modificar prioridades o reconocer que ciertos sueños ya no nos representan exige afrontar la incertidumbre.
A veces sabemos que algo debe cambiar, pero no encontramos el valor para dar el primer paso. Otras veces ni siquiera sabemos qué queremos cambiar: solo sentimos que la vida ha dejado de tener el mismo sentido.
¿QUÉ SIGNIFICA, ENTONCES, VIVIR BIEN?
Viktor Frankl, psiquiatra y fundador de la logoterapia, convirtió la búsqueda de sentido en un elemento central de su pensamiento. En El hombre en busca de sentido (1946), reflexionó sobre la posibilidad de encontrar un sentido a la existencia incluso en circunstancias de sufrimiento extremo, a partir de su experiencia en los campos de concentración nazis.
Para Frankl, la vida no se reduce a buscar placer o evitar el dolor. También necesitamos encontrar razones que nos permitan comprender para qué vivimos y qué valor tiene nuestra existencia.
Frankl describió las llamadas neurosis noógenas, vinculadas a conflictos existenciales y a la frustración de la búsqueda de sentido. No toda crisis existencial constituye un trastorno psicológico, pero la pérdida prolongada de propósito puede producir un sufrimiento considerable.
El sentido no elimina el dolor ni resuelve todos los problemas. Puede ayudarnos, sin embargo, a encontrar una forma de afrontarlos.
CUANDO SE PIERDE EL SENTIDO
En la práctica clínica, algunos conflictos de pareja van más allá de las discusiones cotidianas. En ocasiones, lo que se ha deteriorado es el significado del proyecto compartido. La pregunta deja de ser únicamente cómo resolver los conflictos y pasa a ser qué representa hoy esa relación y si ambos desean seguir construyendo una vida en común.
También algunos adolescentes muestran desinterés por los estudios, falta de motivación o dificultades para implicarse en sus responsabilidades. En determinados casos, detrás de esas conductas existe una dificultad para encontrar sentido a lo que hacen o para relacionar el esfuerzo presente con un futuro que les resulte valioso.
Naturalmente, ni los problemas de pareja ni las dificultades escolares pueden explicarse siempre por una pérdida de sentido. También intervienen factores emocionales, familiares, sociales y académicos.
Pero conviene recordar que, en ocasiones, el problema no es solo que una persona no sepa cómo actuar, sino que ha dejado de encontrar un motivo para hacerlo.
EL SENTIDO NO SIEMPRE SE ENCUENTRA: TAMBIÉN SE CONSTRUYE
Encontrar sentido a la vida no exige descubrir una gran misión ni tener todas las respuestas. Puede estar en el cuidado de otras personas, en una relación significativa, en una actividad que nos interesa o en la coherencia entre nuestros valores y nuestras decisiones.
No siempre podemos elegir las circunstancias que nos toca vivir, pero podemos explorar qué lugar queremos ocupar en ellas y qué posibilidades siguen estando a nuestro alcance.
Además, el sentido cambia con el tiempo. Lo que daba dirección a nuestra vida a los veinte años puede dejar de hacerlo décadas después. Eso no significa necesariamente que hayamos fracasado; quizá significa que necesitamos revisar nuestras prioridades.
Una crisis existencial puede ser dolorosa, pero también puede abrir un espacio para reconsiderar cómo estamos viviendo.
CUANDO LA META DEJA DE SER SUFICIENTE
Volvamos al deportista que acaba de ganar la medalla de oro. Ha conseguido aquello por lo que tanto ha luchado. Nadie puede quitarle su logro, pero la medalla no puede responder por él a la pregunta de qué hacer con su vida a partir de ahora.
Algo parecido ocurre cuando alcanzamos nuestras propias metas. El trabajo, la pareja, la familia o la estabilidad pueden formar parte de una vida satisfactoria, pero ninguno de estos elementos garantiza por sí solo que encontremos nuestro lugar en el mundo.
Necesitamos objetivos, relaciones, curiosidad y razones para levantarnos cada día. Pero también necesitamos preguntarnos por qué hacemos lo que hacemos y si el camino que seguimos continúa teniendo sentido para nosotros.
Quizá la pregunta no sea qué queremos conseguir antes de que termine nuestra vida, sino qué vida queremos haber vivido cuando miremos hacia atrás.
Y tal vez la crisis comience precisamente ahí: cuando dejamos de preguntarnos si hemos llegado suficientemente lejos y nos atrevemos a preguntarnos si el camino que seguimos es realmente el nuestro.