IDENTIDAD Y AUTOESTIMA

ETIQUÉTAME, PERO NUNCA ME ENTENDERÁS

 

Vivimos rodeados de etiquetas. A veces necesitamos poner un nombre a lo que nos ocurre para intentar comprenderlo, pero otras veces la etiqueta termina sustituyendo a la persona. Detrás de un diagnóstico, de una conducta o de una determinada manera de ser existe siempre una historia que no puede resumirse en una sola palabra.

Comprender a una persona significa ir más allá de aquello que se ve desde fuera. Porque nadie puede quedar reducido a una etiqueta, y quizá una de las formas más profundas de ayudar sea intentar descubrir qué hay detrás de ella.

¿QUÉ ES?

La conducta infantil es una de las formas que tiene un niño de relacionarse con el mundo y de expresar lo que le ocurre.

Un niño no siempre puede decir «estoy preocupado», «tengo miedo», «me siento solo» o «no sé qué hacer con lo que me pasa». A veces lo expresa de otra manera: desobedeciendo, enfadándose, aislándose, llorando, teniendo rabietas o cambiando su comportamiento.

Por eso, cuando un niño presenta una conducta que nos preocupa, quizá la primera pregunta no debería ser solamente «¿qué está haciendo?», sino también «¿qué nos está intentando decir?».

Comprender una conducta no significa justificarla. Significa intentar descubrir qué hay detrás de ella.

SÍNTOMAS

Las dificultades de conducta pueden manifestarse mediante rabietas frecuentes, desobediencia, agresividad, impulsividad, mentiras, problemas para aceptar límites, cambios bruscos de comportamiento o dificultades para relacionarse con otros niños.

También puede aparecer lo contrario: un niño excesivamente callado, aislado, triste o que deja de hacer cosas que antes disfrutaba.

No todas las conductas tienen el mismo significado. Una rabieta puede ser simplemente una rabieta, pero también puede ser la manera que encuentra un niño para expresar una frustración que todavía no sabe manejar.

¿CUÁNDO PEDIR AYUDA?

Cuando una conducta deja de ser algo puntual y comienza a repetirse, intensificarse o interferir en la vida del niño.

Cuando afecta a la convivencia familiar, al colegio, a las relaciones con otros niños o al bienestar del propio niño.

También cuando los padres sienten que han probado diferentes maneras de actuar y ninguna parece funcionar.

No hace falta esperar a que el problema sea grave. A veces intervenir cuando todavía estamos ante las primeras señales permite comprender mejor qué está ocurriendo.

¿CÓMO SE TRABAJA?

Trabajar la conducta infantil no consiste solamente en conseguir que el niño obedezca.

Primero hay que intentar comprender qué está ocurriendo. Qué sucede antes de la conducta, qué hace el niño, cómo responden los adultos y qué ocurre después.

También hay que tener en cuenta su edad, su personalidad, su entorno, sus relaciones y aquello que puede estar viviendo en ese momento.

A veces habrá que trabajar directamente con el niño. Otras veces será más importante ayudar a los padres a modificar determinadas formas de responder.

Porque el niño puede ser quien manifiesta el problema, pero eso no significa necesariamente que el problema esté solamente en él.

¿QUÉ TIPO DE TERAPIAS PUEDEN AYUDAR?

La terapia cognitivo-conductual puede ser útil para trabajar determinadas conductas, hábitos, límites y formas de afrontar la frustración.

También pueden resultar importantes los enfoques sistémicos y familiares, especialmente cuando la conducta está relacionada con las dinámicas que existen en casa.

Desde una perspectiva integradora, pueden incorporarse además elementos humanistas, emocionales y otros enfoques que permitan comprender la historia y las necesidades particulares del niño.

No se trata de aplicar una técnica porque el niño «se porte mal». Se trata de comprender al niño que existe detrás de esa conducta.

¿CUÁNDO PUEDE CONFUNDIRSE CON OTROS PROBLEMAS?

Una dificultad de conducta puede estar relacionada con diferentes situaciones: ansiedad, estrés, problemas familiares, dificultades escolares, problemas de adaptación o determinadas dificultades del desarrollo.

También puede confundirse con problemas como el TDAH u otras dificultades cuando algunos de los comportamientos pueden parecer similares.

Por eso es importante no etiquetar demasiado deprisa.

Un niño que se mueve mucho, que desafía constantemente o que no consigue concentrarse no necesariamente está «mal educado». Y un niño que se porta mal no necesariamente tiene un trastorno.

Antes de poner una etiqueta, quizá convenga hacer algo más sencillo:

escuchar lo que la conducta está intentando decir.