Reflexión

Educar: ¿autoritarismo o calidad de vida del niño?

Una reflexión sobre la educación, la exigencia y la necesidad de acompañar al niño hacia la madurez sin olvidar al niño que todavía es.

Vicente Navarro Escriba, psicólogo en Sabadell
Vicente Navarro Escriba Psicólogo General Sanitario·Sabadell·6 min de lectura
Niño y educación infantil, reflexión sobre autoritarismo y calidad de vida
Educar también significa preguntarse qué sociedad estamos construyendo para el niño que tenemos hoy delante.

En el siglo VI a. C., en Esparta, los niños eran retirados de sus familias a la edad de siete años para iniciar una educación orientada fundamentalmente a formar guerreros y transmitir los valores de la sociedad espartana.

Las niñas, sin embargo, recibían una educación diferente. No eran incorporadas a la educación militar de los varones, pero también eran educadas de acuerdo con los valores y las necesidades de aquella sociedad. Recibían formación física y, además, aprendían música, canto, danza y otras disciplinas.

Era, por tanto, una educación al servicio de la sociedad, aunque con objetivos diferentes para niños y niñas.

Hacia finales de los años cincuenta y principios de los sesenta, Francisco Ruiz Sánchez, pedagogo, filósofo de la educación y profesor argentino, entendía la educación como un auxilio que se ofrece al inmaduro para acompañarlo hacia la madurez.

Educar sería, por tanto, acompañar al individuo en su proceso de definición, de acuerdo con un modelo, un patrón, un paradigma que, inevitablemente, es siempre cultural.


¿Qué significa realmente educar?

Todo esto está muy bien. Pero creo que, en ocasiones, olvidamos algo que mi experiencia clínica me ha manifestado reiteradamente: los padres también educan.

Y este punto, para mí, es fundamental.

Si entendemos que la educación, la estructuración de la personalidad y la transmisión de actitudes se producen en una relación educativa que hace posible la identificación con un modelo, entonces resulta necesaria la presencia de modelos que puedan ser imitados.

Y los primeros modelos, en la mayoría de los casos, son los padres.

Pero aquí aparece una pregunta que todavía no sé responder del todo, aunque puedo intuir algunas respuestas:

¿Qué hace que un niño o una niña elija como modelo a uno de sus progenitores y no al otro?

No lo sé.

Pero sí sabemos que educar no consiste únicamente en decir qué hay que hacer.

Imaginemos, por ejemplo, a un padre fumador que le dice a su hijo adolescente que no debe fumar mientras sostiene un cigarrillo en la boca.

¿De verdad creemos que basta con la orden?

¿De verdad pensamos que nuestra conducta no importa?

El niño escucha lo que se le dice, pero también observa lo que se hace.

Y, en muchas ocasiones, lo segundo tiene más fuerza que lo primero.


Las actitudes educativas

Por eso considero que las actitudes educativas son, probablemente, mucho más trascendentes de lo que habitualmente pensamos.

Podríamos definirlas como las formas de pensar, sentir y actuar que adopta una familia ante la tarea de educar y, especialmente, ante la persona que está siendo educada.

Tienen que ver con cómo se sitúan el padre, la madre o ambos ante el niño o el adolescente, especialmente cuando aparecen dificultades de conducta infantil.

Entre ellas podríamos señalar:

respeto, autoridad, aceptación, comprensión, exigencia, acompañamiento, coherencia y confianza.

No se trata de elegir una y descartar las demás.

Educar exige encontrar un equilibrio entre ellas.


Cuando la exigencia se convierte en presión

En mi práctica clínica encuentro con frecuencia a padres desesperados por conseguir que sus hijos tengan el mejor futuro posible.

Y, en ese deseo legítimo, algunos terminan practicando casi exclusivamente la exigencia y el autoritarismo.

Más rendimiento.
Más deberes.
Más actividades.
Más disciplina.
Más resultados.

Y cuando aquello que esperan no llega, cuando el niño o la niña no responde como ellos consideran que debería responder, aparecen la preocupación, la frustración y, finalmente, la consulta al psicólogo, a veces en un contexto de conflicto familiar.

Y, en ocasiones, llegan esperando que el psicólogo aplique las mismas estrategias que ellos ya están utilizando.

Pero quizá tengamos que detenernos un momento.

¿Qué ocurre cuando llega el verano?

Quizá el verano nos demuestra que un niño no siempre se comporta de la misma manera cuando cambian las condiciones en las que vive.

Quizá simplemente nos ofrece una oportunidad para observar qué ocurre cuando disminuyen determinadas exigencias ambientales.

Cuando desaparece el despertador.

Cuando no hay deberes.

Cuando no existe la presión de una nota.

Cuando hay más tiempo para jugar.

Cuando los padres pueden estar más tranquilos.

Cuando el niño duerme mejor.

Cuando dispone de más espacios de libertad.

Y entonces puede aparecer una pregunta que durante el curso escolar resulta mucho más difícil formular:

¿Qué parte de lo que estamos viendo pertenece al niño y qué parte pertenece al entorno en el que está intentando vivir?

No se trata de negar el TDAH.

Tampoco de convertir el estrés en una explicación para todo.

Se trata de no olvidar algo que considero fundamental en psicología infantil:

antes de etiquetar una conducta, hay que intentar comprenderla.

Porque quizá algunas veces el problema no sea solamente que el niño no consiga adaptarse a las exigencias de su entorno.

Quizá también tengamos que preguntarnos si el entorno está pidiendo demasiado a un niño que todavía está aprendiendo a crecer.


Educar para el futuro sin olvidar al niño de hoy

Y quizá educar no consista únicamente en preparar al niño para la sociedad que le espera.

Quizá también consista en preguntarnos qué sociedad estamos construyendo para él.

Porque entre el autoritarismo y la ausencia de límites existe un espacio mucho más complejo: el de acompañar al niño hacia la madurez sin dejar de respetar al niño que todavía es.

Quizá tendríamos que preguntarnos si educar significa dar prioridad al posible éxito futuro del niño, basado en unas normas y unas exigencias que la sociedad impone, o si debemos dar prioridad a su calidad de vida.

¿Estamos educando para el futuro que la sociedad espera de él o estamos educando para que pueda vivir y crecer de una manera saludable?

Porque quizá educar no debería significar someter al niño a las exigencias de una sociedad que le reclama cada vez más, en nombre de un supuesto éxito futuro.

Quizá deberíamos preguntarnos si, en nuestro empeño por preparar al niño para el mañana, estamos olvidando al niño que tenemos hoy delante.

Y entonces vuelve a aparecer la pregunta:

¿Educar es preparar al niño para alcanzar el éxito que la sociedad espera de él o acompañarlo hacia la madurez procurando, al mismo tiempo, su calidad de vida?

Vicente Navarro Escriba

Psicólogo General Sanitario · Sabadell
N.º de colegiado 5636 (COPC)
Más de 36 años de experiencia clínica

Autor de los artículos de este blog sobre psicología, psicoterapia y salud mental, elaborados a partir de la experiencia clínica, la evidencia científica y la reflexión sobre la naturaleza humana.

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