Ansiedad y miedo

El poder del miedo

Casi nadie llega a consulta diciendo «tengo miedo». Pero el miedo suele estar detrás de todo lo que sí dicen.

Vicente Navarro Escriba, psicólogo en Sabadell
Vicente Navarro Escriba Psicólogo General Sanitario·Sabadell·5 min de lectura
El poder del miedo: cómo se esconde detrás de la ansiedad y de la evitación
El miedo rara vez llega con su nombre: aparece disfrazado de síntoma, de excusa o de carácter.

Nadie se sienta frente a mí y dice: «Vengo porque tengo miedo». Dicen: «Tengo ansiedad», «Llevo meses sin dormir bien», «No sé por qué no me atrevo a dejar esta relación»… El miedo rara vez llega con su nombre: llega disfrazado de síntoma, de excusa, de cansancio o de carácter. Y en casi cuatro décadas de consulta he aprendido que lo que más sufrimiento causa casi nunca es el miedo en sí, sino los síntomas que provoca y aquello a lo que la persona ha tenido que renunciar para no sentirlo.

Un sistema de alarma de 300.000 años

Hace unos 300.000 años, un ser humano oyó un ruido entre la maleza. Quienes se quedaron a comprobar qué era, probablemente no dejaron descendencia. Nosotros descendemos de quienes echaron a correr.

Los griegos atribuían a Pan, el dios de los bosques, esos ruidos misteriosos que sembraban un terror repentino y sin causa visible. De su nombre viene la palabra «pánico».

El miedo no es una avería: es el sistema de alarma más antiguo y eficaz que tenemos. Y hay un miedo igual de antiguo: el miedo a quedar fuera. Durante casi toda nuestra historia, ser expulsado del grupo equivalía a morir, y por eso el rechazo o el ridículo duelen más de lo que su peligro real justificaría.


Donde hay miedo, hay ritual

Bronisław Malinowski observó entre los pescadores de las islas Trobriand que en la laguna, segura y previsible, se pescaba sin ceremonias. En alta mar, donde el peligro era real y el resultado incierto, aparecían la magia y los rituales. El ritual no dominaba el mar: calmaba a quien tenía que enfrentarse a él.

Ernest Becker fue más lejos: la cultura es, en gran parte, un intento de protegernos de una verdad insoportable. Sabemos que vamos a morir. Ese miedo rara vez se nombra, pero asoma por otros sitios, y la hipocondría es quizá su forma más clara: quien interpreta cada molestia como señal de una enfermedad grave no teme solo a la enfermedad. En muchos casos, lo que hay detrás es el miedo a morir.

Cuando leo a Malinowski, pienso en mis pacientes. Quien comprueba diez veces que ha cerrado el gas, quien se palpa el cuerpo en busca de bultos, quien no sale sin acompañante, hace en pequeño lo que los pescadores hacían en grande: un ritual privado para soportar la incertidumbre. Es, en el fondo, la ilusión del control. Funciona, y ahí está la trampa.


La trampa del alivio

En 1947, Orval Mowrer describió el mecanismo: aprendemos a temer algo, y evitarlo nos alivia. Ese alivio es un premio, y el cerebro aprende que evitar funciona. Así la vida se va haciendo pequeña: primero se evita la autopista, luego el coche, luego salir solo. Cada renuncia parece razonable por separado. Juntas forman una celda.

Y al final aparece el peor miedo, el que ya no tiene objeto: el miedo al propio miedo. La persona empieza a temer las sensaciones de su cuerpo y la alarma se dispara por la alarma.


Por qué no diagnosticamos el miedo

En los manuales de diagnóstico no existe el «trastorno de miedo», y no debería existir: el miedo, por sí solo, es una emoción sana y necesaria. La clínica distingue dos conceptos próximos: el miedo es la respuesta ante una amenaza presente, real o percibida, y la ansiedad, la anticipación de una amenaza futura. Por eso, cuando alguien me dice «tengo ansiedad», muchas veces me está diciendo «tengo miedo» con otra palabra.

Para hablar de trastorno no medimos cuánto miedo hay, sino cómo funciona: si es desproporcionado, si se mantiene mucho más allá de lo razonable, si lleva a evitar y si recorta la vida de la persona. Esa línea describe cómo funciona el miedo, no por qué esa persona lo siente: eso sigue siendo trabajo de terapia.


Cuando la alarma se dispara sola: el ataque de pánico

Pan sigue entre nosotros. El ataque de pánico es el mismo miedo en su máxima expresión: una oleada brusca que alcanza su punto álgido en pocos minutos, con el corazón desbocado, falta de aire, sensación de irrealidad y la certeza de que se va a morir o a volverse loco. Muchas veces no hay un desencadenante claro: la clínica lo llama una falsa alarma, porque el sistema de defensa funciona perfectamente pero se dispara sin una amenaza que lo justifique. Quien lo sufre suele elegir la peor explicación: «es el corazón», «me estoy volviendo loco».

No son cinco problemas distintos, sino el mismo sistema a distinto volumen:

Miedo. La alarma ante un peligro presente, real o percibido.

Ansiedad. La alarma ante un peligro que podría llegar.

Ataque de pánico. La alarma al máximo, a menudo sin un motivo aparente.

Trastorno de pánico. El miedo a que vuelva a ocurrir; el miedo al propio miedo.

Agorafobia. Con frecuencia, aunque no siempre, la evitación de los lugares donde sería difícil escapar o pedir ayuda. La vida se hace pequeña.

Cada escalón se sostiene con la evitación. Un ataque de pánico, por aterrador que sea, alcanza su máximo y después baja. Eso sí: si ocurre por primera vez, conviene que un médico lo valore antes de atribuirlo al pánico.


El mismo miedo, otro idioma

El miedo tampoco se expresa igual en todas partes. En muchas comunidades de América Latina se habla del susto, una dolencia que sigue a un sobresalto y que, según la tradición, puede hacer que el alma abandone el cuerpo; en Japón existe el taijin kyofusho, el miedo intenso a incomodar a los demás con la propia presencia. El DSM-5 los recoge como «conceptos culturales de malestar»: por eso, antes de preguntarme cuánto miedo siente una persona, me pregunto qué significa para ella.


Lo que el miedo no es

El miedo no es un enemigo ni una enfermedad. Shoma Morita propuso, con su arugamama, aceptar las emociones tal como son: cuanto más luchamos contra el miedo, más espacio ocupa. Detrás de cada miedo hay algo que intentamos proteger: un vínculo, una imagen de nosotros mismos, una vida que no queremos perder. El miedo a hablar en público rara vez trata de hablar. Trata de ser visto, de ser juzgado, de no ser suficiente.


Lo que hacemos en consulta

No prometo a nadie una vida sin miedo, y quien lo prometa se equivoca. Lo que hacemos en la terapia individual es otra cosa:

Comprender qué protege ese miedo, porque nada de lo que sentimos aparece porque sí.

Acercarnos poco a poco a lo evitado, a un ritmo sostenible, para que el cerebro aprenda lo que la evitación nunca le permitió: que podía soportarlo.

Distinguir entre el miedo que protege y el miedo que encierra.

Valentía no es ausencia de miedo. Es seguir adelante con él al lado, en lugar de dejar que decida por nosotros.

El miedo nos mantuvo vivos como especie. Pero vivir no consiste solo en sobrevivir.

Vicente Navarro Escriba

Psicólogo General Sanitario · Sabadell
N.º Colegiado 5636 (COPC)
Más de 36 años de experiencia clínica

Autor de los artículos de este blog sobre psicología, psicoterapia y salud mental, elaborados a partir de la experiencia clínica, la evidencia científica y la reflexión sobre la naturaleza humana.

Conocer mi trayectoria

Si el miedo lleva tiempo decidiendo por ti —lo que evitas, lo que dejas de hacer, los sitios a los que ya no vas— puedes reservar una primera visita en mi consulta de Sabadell o mediante terapia online.

Reservar una primera visita