La psicología moderna no surgió de un único descubrimiento ni de una sola teoría. Es el resultado de un largo viaje intelectual que atravesó Europa y que tuvo dos grandes escenarios: las universidades de lengua alemana, donde la mente se convirtió en objeto de ciencia, y Londres, donde acabó encontrando refugio buena parte del psicoanálisis europeo. En ambos lugares se gestaron ideas que cambiaron para siempre la forma de comprender al ser humano y su sufrimiento.
Alemania: la mente como objeto de ciencia
Alemania representó el esfuerzo por convertir el estudio de la mente en una ciencia. En 1860, Gustav Fechner, profesor en Leipzig, publicó sus Elementos de psicofísica, el primer intento sistemático de medir la relación entre un estímulo físico y la sensación que produce. Poco antes, Hermann von Helmholtz había logrado medir la velocidad del impulso nervioso, que muchos fisiólogos de la época consideraban demasiado rápida para poder medirse.
En 1879, Wilhelm Wundt empezó a investigar con sus estudiantes en un laboratorio de la Universidad de Leipzig dedicado por completo a la psicología. Esa fecha se toma, por convención, como el nacimiento de la psicología experimental. Allí se estudiaban la sensación, la percepción, la atención y los tiempos de reacción, con instrumentos capaces de registrar milésimas de segundo. En 1885, Hermann Ebbinghaus demostró que también la memoria podía estudiarse en el laboratorio, y sus curvas del olvido siguen citándose hoy.
Lo más interesante es que el propio Wundt conocía el límite de su método. Pensaba que los procesos psicológicos superiores, como el lenguaje, el pensamiento, los mitos o la moral, nacen de la vida social e histórica y no pueden reproducirse en un laboratorio. Para estudiarlos escribió otra obra entera, los diez volúmenes de su Völkerpsychologie, la «psicología de los pueblos».
El fundador de la psicología experimental fue también el primero en advertir que el ser humano no es únicamente aquello que puede medirse.
En esa misma lengua, aunque en Viena, Sigmund Freud desarrollaba desde finales del siglo XIX otra manera de mirar: el psicoanálisis, que buscaba el sentido del sufrimiento en la historia de cada persona y en aquello que no sabe de sí misma. Y en Berlín, Karl Abraham y Max Eitingon abrieron en 1920 una policlínica psicoanalítica de la que salió el modelo de formación que acabarían adoptando casi todos los institutos: análisis personal, estudio teórico y casos supervisados.
Londres: la profundidad del mundo emocional
Inglaterra ya había aportado piezas importantes. En 1872, Charles Darwin publicó La expresión de las emociones en el hombre y en los animales, donde sostenía que nuestras expresiones emocionales tienen una historia evolutiva compartida con otras especies. En 1877 dio a conocer sus observaciones sobre el desarrollo de su primer hijo, uno de los primeros diarios de observación infantil de la psicología. En 1884, Francis Galton abrió en Londres un laboratorio para medir las diferencias entre personas, aunque muchas de sus ideas, ligadas a la eugenesia, hoy se rechazan. Y en 1901 se fundó, en el University College de Londres, la British Psychological Society.
Pero lo que convirtió a Londres en uno de los grandes centros mundiales del pensamiento psicológico fue el psicoanálisis. Melanie Klein, nacida en Viena y formada en Budapest y en Berlín junto a Karl Abraham, se instaló en Londres en 1926, invitada por Ernest Jones (Grosskurth, 1986). Fue de las primeras en tratar a niños pequeños a través del juego, y de ahí arranca buena parte de lo que hoy entendemos por terapia infantil.
Cuando los nazis llegaron al poder en 1933, muchos psicoanalistas judíos tuvieron que abandonar Alemania; en 1938, con la anexión de Austria, también Viena. Paula Heimann llegó desde Berlín en 1933. Sigmund Freud llegó a Londres el 6 de junio de 1938, con su mujer, Martha, y su hija Anna, y murió allí el 23 de septiembre de 1939, pocas semanas después de que estallara la guerra. Anna Freud se quedó y, durante la guerra, dirigió en Hampstead unas guarderías que acogieron a más de ochenta niños pequeños.
Junto a ellos trabajaban analistas británicos como Donald Winnicott, pediatra durante unos cuarenta años en el Paddington Green Children's Hospital, o Wilfred Bion, nacido en la India británica, que estudió cómo piensan y se comportan los grupos. Entre todos profundizaron en el mundo emocional, las relaciones tempranas y el desarrollo de la personalidad, mostrando que comprender a una persona exige ir mucho más allá de sus síntomas.
La convivencia no fue fácil. Entre 1942 y 1944, las diferencias entre Melanie Klein y Anna Freud se debatieron en la Sociedad Psicoanalítica Británica en unas reuniones que pasaron a la historia como las Controversial Discussions (King y Steiner, 1991). No terminaron con un vencedor, sino con un acuerdo: la formación se organizó de modo que convivieran tres grupos, los kleinianos, los seguidores de Anna Freud y un grupo intermedio, más tarde llamado Independiente, al que pertenecía Winnicott. Fue una forma temprana de aceptar que ninguna escuela tenía la última palabra.
De aquel ambiente salieron también ideas que hoy forman parte de la práctica de cualquier terapeuta. En 1950, Paula Heimann publicó un artículo breve en el que defendía que lo que siente el terapeuta ante su paciente no es un estorbo, sino una fuente de información sobre lo que le ocurre al paciente. Es una de las razones por las que hoy se presta tanta atención a lo que ocurre en la relación entre terapeuta y paciente.
Dos maneras de mirar al ser humano
Desde entonces, la psicología ha ido integrando dos grandes aproximaciones:
El rigor científico. La necesidad de investigar con método, contrastar hipótesis y fundamentar las intervenciones en la evidencia.
La comprensión de la persona. La historia personal, las emociones, los vínculos afectivos y el significado que cada uno atribuye a su experiencia.
Un buen ejemplo de su encuentro es John Bowlby, psiquiatra y psicoanalista londinense que se formó bajo la supervisión de Melanie Klein. Klein ponía el acento en las fantasías del niño; Bowlby, en lo que realmente le había ocurrido en su relación con quienes lo cuidaban. Buscó apoyo en la etología y en la teoría de la evolución, estudió a niños separados de sus madres, publicó a comienzos de los años cincuenta un informe para la Organización Mundial de la Salud sobre los cuidados maternos y la salud mental, y desde la Tavistock Clinic dio forma a la teoría del apego. Su colaboradora Mary Ainsworth la sometió a prueba con observaciones sistemáticas que siguen siendo una de las bases de la investigación sobre el apego.
Durante décadas ambas perspectivas parecieron enfrentadas. Sin embargo, la investigación sobre psicoterapia ha ido mostrando que ninguna, por sí sola, explica toda la complejidad del sufrimiento humano. Una línea importante de esa investigación señala, además, que buena parte de lo que ayuda a una persona depende de elementos que comparten todas las escuelas, como la calidad de la alianza entre terapeuta y paciente (Wampold e Imel, 2015). En 1977, el psiquiatra George Engel propuso en la revista Science el modelo biopsicosocial: para entender una enfermedad no basta con la biología; hay que tener en cuenta también la psicología de quien la padece y su contexto social.
Después de más de treinta y seis años de experiencia clínica, una de las enseñanzas más valiosas que he aprendido es precisamente esta: las personas no son únicamente un conjunto de síntomas ni tampoco exclusivamente una historia biográfica. Son la interacción permanente entre biología, emociones, pensamientos, relaciones y experiencias vitales. Ninguna de esas piezas, por separado, explica lo que somos.
De dónde viene la psicoterapia de hoy
Por ello, la psicoterapia actual tiende cada vez más hacia modelos integradores. Cuando se pregunta a psicólogos de distintos países por su orientación, la respuesta más frecuente es «integradora» o «ecléctica» (Norcross y Goldfried, 2005). Se trata de utilizar las aportaciones de distintas corrientes psicológicas sin quedar limitados por una única escuela. Es el enfoque desde el que trabajo en la terapia individual y en el resto de las modalidades de terapia que ofrezco.
La ciencia nos ayuda a saber qué tratamientos funcionan. La comprensión profunda de la persona nos permite descubrir por qué ese sufrimiento ha adquirido una forma determinada en una vida concreta, porque el sufrimiento nunca es porque sí.
Cuando ambas perspectivas trabajan juntas, la psicoterapia deja de ser únicamente una técnica para convertirse en un auténtico proceso de transformación personal.
Quizá ese sea el mayor legado que nos dejaron Alemania y Londres: enseñarnos que comprender la mente humana requiere tanto el rigor de la ciencia como la sensibilidad necesaria para escuchar la singularidad de cada historia.
Porque, al final, toda psicología verdaderamente moderna sigue persiguiendo el mismo objetivo: comprender mejor al ser humano para aliviar su sufrimiento.
Referencias
Bowlby, J. (1951). Maternal Care and Mental Health. Ginebra: Organización Mundial de la Salud.
Darwin, C. (1872). The Expression of the Emotions in Man and Animals. Londres: John Murray.
Darwin, C. (1877). A biographical sketch of an infant. Mind, 2, 285-294.
Ebbinghaus, H. (1885). Über das Gedächtnis. Leipzig: Duncker & Humblot.
Engel, G. L. (1977). The need for a new medical model: a challenge for biomedicine. Science, 196(4286), 129-136. doi:10.1126/science.847460
Fechner, G. T. (1860). Elemente der Psychophysik. Leipzig: Breitkopf und Härtel.
Grosskurth, P. (1986). Melanie Klein: Her World and Her Work. Nueva York: Knopf.
Heimann, P. (1950). On counter-transference. International Journal of Psycho-Analysis, 31, 81-84.
King, P. y Steiner, R. (eds.) (1991). The Freud-Klein Controversies 1941-45. Londres: Tavistock/Routledge.
Norcross, J. C. y Goldfried, M. R. (eds.) (2005). Handbook of Psychotherapy Integration (2.ª ed.). Nueva York: Oxford University Press.
Wampold, B. E. e Imel, Z. E. (2015). The Great Psychotherapy Debate (2.ª ed.). Nueva York: Routledge.
Wundt, W. (1900-1920). Völkerpsychologie (10 vols.). Leipzig: Engelmann/Kröner.