¿POR QUÉ SÓLO UNO IMPONE SU VERDAD ABSOLUTA?
En una familia, cada persona llega con su propia historia, sus experiencias, sus necesidades y su manera de entender la realidad. El conflicto aparece cuando una de esas verdades pretende convertirse en la única verdad posible y deja de existir espacio para escuchar al otro.
Quizá el problema no esté siempre en quién tiene razón, sino en la dificultad para comprender que pueden existir diferentes maneras de vivir y sentir una misma situación.
Aprender a escuchar sin imponer, a expresar sin atacar y a reconocer al otro puede abrir un espacio nuevo dentro de la familia.
¿QUÉ ES?
Los conflictos familiares forman parte de la vida. Allí donde existen personas que se quieren, también existen diferentes maneras de pensar, de sentir y de entender las cosas.
El problema aparece cuando el conflicto deja de ser una diferencia y se convierte en una forma habitual de relacionarse. Cuando hablar termina siempre en una discusión, cuando dejamos de escucharnos, cuando aparecen reproches, silencios, enfrentamientos o distancias que cada vez resultan más difíciles de salvar.
En una familia, lo que le ocurre a uno muchas veces termina afectando a todos.
Por eso no siempre se trata de encontrar quién tiene razón. A veces hay que comprender qué está ocurriendo entre todos.
SÍNTOMAS
Los conflictos familiares pueden aparecer como discusiones constantes, reproches, gritos, silencios prolongados, distanciamiento, falta de comunicación o dificultad para llegar a acuerdos.
También pueden aparecer sentimientos de incomprensión, rabia, tristeza, culpa o impotencia.
Y en ocasiones el conflicto no se expresa directamente. Puede aparecer a través de un hijo que comienza a presentar problemas de conducta, ansiedad, dificultades escolares o cambios importantes en su comportamiento.
A veces quien parece tener el problema solamente está expresando un problema que pertenece a toda la familia.
¿CUÁNDO PEDIR AYUDA?
Cuando hablar ya no sirve para entenderse y cada conversación termina convirtiéndose en una nueva batalla.
Cuando el conflicto comienza a afectar a la convivencia, a la pareja, a los hijos o a la relación entre otros miembros de la familia.
También cuando llevamos demasiado tiempo repitiendo las mismas discusiones y nadie parece encontrar una salida.
Pedir ayuda no significa reconocer que alguien ha perdido. Significa aceptar que, quizá, solos hemos llegado a un punto en el que ya no sabemos cómo continuar.
¿CÓMO SE TRABAJA?
No creo que la terapia familiar deba convertirse en un tribunal para decidir quién tiene razón y quién está equivocado.
Hay que intentar comprender qué está ocurriendo, qué lugar ocupa cada persona, qué se está diciendo y qué se está callando.
A veces será necesario aprender a comunicarse de otra manera. Otras veces habrá que establecer límites, modificar determinados roles o comprender conflictos que llevan muchos años formando parte de la familia.
Porque cambiar una relación no significa cambiar al otro. A veces significa cambiar la manera en que nos relacionamos con él.
¿QUÉ TIPO DE TERAPIAS PUEDEN AYUDAR?
La terapia sistémica resulta especialmente adecuada para comprender los problemas familiares como algo que ocurre dentro de un sistema de relaciones y no únicamente dentro de una persona.
También pueden ser útiles enfoques cognitivo-conductuales, humanistas, existenciales o psicodinámicos, dependiendo de las características de cada familia y del conflicto que se esté viviendo.
En ocasiones será conveniente trabajar con toda la familia. En otras, con algunos de sus miembros o incluso individualmente.
La terapia debe adaptarse a la familia y al problema, no al contrario.
¿CUÁNDO PUEDE CONFUNDIRSE CON OTROS PROBLEMAS?
Los conflictos familiares pueden confundirse con problemas individuales de ansiedad, depresión, estrés, problemas de conducta o dificultades de pareja.
También puede suceder que una persona sea señalada como «el problema» cuando, en realidad, está reaccionando dentro de una dinámica familiar que lleva tiempo funcionando de una determinada manera.
Por eso es importante mirar más allá de la persona que presenta los síntomas.
A veces el problema no está en uno. Está en la forma en que todos hemos aprendido a relacionarnos.