Psicoterapia y vínculo terapéutico

EL SUFRIMIENTO: NADA ES PORQUE SÍ

Conocerse a uno mismo para comprender el sufrimiento y encontrar nuevas formas de afrontarlo.

Vicente Navarro Escriba, psicólogo en Sabadell
Vicente Navarro Escriba Psicólogo General Sanitario·Sabadell·7 min de lectura
Ruinas del templo de Apolo en Delfos, donde estaba inscrita la máxima «conócete a ti mismo»
En el templo de Apolo en Delfos estaba inscrita la máxima «conócete a ti mismo».

«Conócete a ti mismo». La máxima del templo de Apolo en Delfos expresa una de las aspiraciones más antiguas del ser humano. Nietzsche le puso una objeción incómoda en La genealogía de la moral: podemos llegar a ser extraños para nosotros mismos. Necesitamos conocernos para entender lo que nos pasa, pero aquello que más nos condiciona no suele estar a la vista.

Lo veo cada semana en consulta. Hay personas que sienten ansiedad, tristeza, culpa o soledad y no saben de dónde viene. Y hay otras que saben perfectamente qué les preocupa, pero no entienden por qué les afecta con tanta fuerza.

Porque el sufrimiento no siempre se explica por lo que nos ocurre. También tiene que ver con nuestra historia, con la imagen que hemos construido de nosotros mismos y con aquello que nos cuesta reconocer.

EL SUFRIMIENTO TIENE UNA HISTORIA

Freud nos enseñó a sospechar que hay motivos que gobiernan lo que pensamos y hacemos sin que los tengamos localizados.

Una crítica en el trabajo puede entenderse como una oportunidad de mejora o vivirse como una humillación insoportable. La diferencia no está en la crítica: está en la historia de quien la recibe. Quien aprendió que equivocarse se paga con rechazo siente cada error como una amenaza a su valor. Quien se siente más seguro lo reconoce como parte del aprendizaje.

Conviene decirlo pronto, y vale para todo el artículo: no todo sufrimiento tiene origen psicológico. Las enfermedades, las pérdidas y las circunstancias duras provocan un dolor real que no hay que reinterpretar. Lo que la historia personal explica es otra cosa: por qué ciertas situaciones nos tocan donde más duele, y por qué repetimos respuestas que acaban haciéndonos sufrir.

LO QUE VEMOS EN OTROS Y NO VEMOS EN NOSOTROS

Hay una paradoja que me ha llamado la atención durante años de consulta: suele ser más fácil encontrarle sentido al sueño de otra persona que al propio. Cuando escuchamos el sueño de alguien, lo observamos con distancia y lo relacionamos con su vida. Cuando el sueño es nuestro, estamos dentro, y nuestros recuerdos, deseos y miedos nos cierran las interpretaciones que no nos convienen. En este sentido fue una paciente la que me ayudó a entender un sueño mío que durante 10 años me intrigó.

No digo que todos los sueños escondan un mensaje. Lo interesante es lo que el ejemplo enseña: estar implicados emocionalmente nos impide reconocer lo que vemos clarísimo en los demás.

Con nuestras motivaciones pasa igual. Alguien puede ayudar a todo el mundo porque es generoso y, a la vez, no saber decir que no por miedo al rechazo. Las dos cosas son verdad al mismo tiempo. Nietzsche no nos pide desconfiar de todo lo que pensamos, sino admitir que nuestros motivos son más complicados de lo que nos contamos.

LA IMAGEN QUE NECESITAMOS PROTEGER

No solo nos condiciona la historia. También la imagen de quiénes somos y de quiénes creemos que deberíamos ser.

Carl Rogers describió qué ocurre cuando esa imagen y la experiencia real chocan: se vuelve difícil aceptar ciertas emociones. Quien se considera fuerte se avergüenza de necesitar ayuda. Quien se define como generoso se siente culpable al poner un límite. Quien necesita verse competente lee un error como una prueba de incapacidad.

A veces no sufrimos por lo que nos pasa, sino por lo que creemos que no nos podemos permitir ser.

Alfred Adler estudió los sentimientos de inferioridad y lo que hacemos para compensarlos: algunas metas nacen de un deseo auténtico y otras son una manera de demostrar que valemos. Eso explica algo que se ve mucho: llegar a la meta y descubrir que el vacío sigue ahí, porque no buscábamos conseguir algo, sino demostrar que éramos suficientes.

Heinz Kohut puso la última pieza. Todos necesitamos sentirnos reconocidos; el problema llega cuando la autoestima depende tanto de la aprobación ajena que cada crítica se vuelve una amenaza. No se trata de dejar de necesitar a los demás, sino de ver hasta qué punto hemos puesto en su mirada la decisión sobre nuestro valor.

¿Quiénes seríamos si no tuviéramos que demostrar constantemente quiénes somos?

CUANDO YA NO SOMOS QUIENES CREÍAMOS SER

David Hume dudó de que exista un yo permanente. De ahí sale una dificultad muy cotidiana: cambiamos, pero no actualizamos la imagen que tenemos de nosotros mismos.

Seguimos persiguiendo objetivos que importaban en otra etapa, manteniendo relaciones que ya no nos satisfacen o juzgándonos con expectativas que han dejado de representarnos, como si soltar una meta fuera fracasar. Conocerse también es reconocer en quién nos hemos convertido. Lo que antes daba seguridad puede haberse vuelto una jaula.

LO QUE NOS SUCEDE Y LO QUE SIGNIFICA PARA NOSOTROS

Aaron Beck estudió cómo nuestras interpretaciones gobiernan lo que sentimos. Dos personas cometen el mismo error en el trabajo: una piensa que tiene que corregirlo, la otra concluye que es incompetente y que acabará fracasando. El hecho es el mismo; el significado, opuesto.

Eso sí, no todo depende de cómo pensamos. Hay situaciones que piden cambios concretos, protección, apoyo o tratamiento, y confundirlas con un problema de interpretación es una forma de abandonar a quien sufre. La cuestión es distinguir qué parte del malestar viene de las circunstancias y qué parte del significado que les damos. Porque a veces no dolió solo lo que pasó, sino lo que creímos que aquello demostraba sobre nosotros.

CUANDO SOLO BUSCAMOS HERRAMIENTAS PARA DEJAR DE SUFRIR

Muchas personas llegan a terapia pidiendo herramientas: algo concreto para controlar lo que sienten y dejar de sufrir cuanto antes. Es una petición razonable. Cuando el malestar se hace difícil de sostener, lo urgente es aliviarlo, y aprender a manejar la ansiedad, afrontar lo que se evita o poner límites puede ser justo lo que hace falta.

La dificultad llega cuando la prisa no deja sitio para mirar qué está pasando. Entonces se espera del terapeuta un manual de instrucciones, como si comprender fuera un rodeo. Y se puede controlar una reacción sin saber qué la dispara, esquivar una discusión sin reconocer el miedo al conflicto, o pelearse con la ansiedad sin preguntarse qué la sostiene.

Queremos cambiar lo que hacemos sin preguntarnos qué nos lleva a hacerlo. Y es comprensible, porque mirarse incomoda: obliga a admitir inseguridades y contradicciones, y a veces a revisar decisiones que durante años han dado sentido a nuestra vida.

Pero aliviar y comprender no son incompatibles. Las herramientas sirven para cambiar una conducta; el autoconocimiento, para entender qué lugar ocupa esa conducta en nuestra vida. No se trata de analizar cada emoción sin fin, sino de que la urgencia por eliminar el malestar no cierre la puerta a comprenderlo. El objetivo es vivir con más libertad, menos gobernados por respuestas que ni siquiera entendemos.

ACEPTAR LO QUE NO PODEMOS CAMBIAR

La tradición budista lleva siglos pensando sobre el sufrimiento que nace del deseo, del apego y de nuestra dificultad para aceptar que nada permanece. Buena parte del malestar aparece cuando la realidad no coincide con lo que esperábamos: una relación que se rompe, un proyecto que no sale, la pérdida de capacidades que dábamos por garantizadas.

Aceptar no es resignarse, y menos aún tolerar lo injusto. Es reconocer lo que hay para poder decidir qué hacer con ello. A veces el sufrimiento se alarga porque seguimos intentando recuperar algo que ya no es posible, o porque nos resistimos a soltar una imagen de nosotros mismos que la vida ya ha desmentido. Aceptar un límite duele, pero abre la puerta a construir otra cosa.

¿HAY QUE ENCONTRARLE UN SENTIDO AL SUFRIMIENTO?

Viktor Frankl, psiquiatra y superviviente de los campos de concentración nazis, escribió en El hombre en busca de sentido sobre lo que el sentido de la vida puede sostener en circunstancias extremas.

Encontrar un propósito ayuda a atravesar lo difícil. Pero no todo sufrimiento encierra una lección, y no hay ninguna obligación de convertirlo en una oportunidad de crecimiento. Hay situaciones en las que lo primero es aliviar el dolor, recibir ayuda y recuperar unas condiciones de vida dignas. Pedirle a alguien que le vea el lado bueno a lo que le ha ocurrido puede ser una exigencia injusta, y a menudo lo es.

No siempre podemos elegir lo que nos pasa, pero sí ir encontrando otras maneras de afrontarlo. Unas veces comprender lo vivido ayuda a seguir adelante. Otras, lo que ayuda es dejar de organizar la vida alrededor de aquello que nos hizo daño.

CONOCERSE PARA COMPRENDERSE

Cada una de estas miradas ilumina una parte del problema y ninguna explica entero el sufrimiento humano. Tampoco podemos observarnos desde fuera, neutrales y sin interpretar nada: no todo síntoma esconde un significado oculto, y las conclusiones de una terapia deberían quedar siempre abiertas a revisión. Quizá conocerse sea exactamente eso: formular mejores preguntas, revisar nuestras certezas y admitir que siempre habrá partes de nosotros que no entenderemos del todo.

No elimina los problemas ni garantiza una vida sin sufrimiento. A veces hay que actuar y otras pararse a comprender; a veces basta una estrategia concreta y otras hay que revisar una relación, una expectativa o la imagen que nos hemos hecho de nosotros mismos. No hay que elegir entre cambiar y comprender, sino encontrarles el equilibrio: el alivio suele ser el primer paso, y el conocimiento de uno mismo ayuda a saber qué conviene transformar y por qué.

Puede que no encontremos explicación para todo. Pero sí podemos aprender a no conformarnos con la primera respuesta, a ver lo que antes pasaba inadvertido y a tratarnos con menos rigidez.

Porque, a veces, el primer paso para cambiar nuestra vida no consiste en hacer algo diferente, sino en empezar a comprender qué nos ha traído hasta aquí.

Vicente Navarro Escriba

Psicólogo General Sanitario · Sabadell
N.º Colegiado 5636 (COPC)
Más de 36 años de experiencia clínica

Autor de los artículos de este blog sobre psicología, psicoterapia y salud mental, elaborados a partir de la experiencia clínica, la evidencia científica y la reflexión sobre la naturaleza humana.

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