LA ILUSION DEL CONTROL

  Aproximadamente una década observo con preocupación cómo algunos de los temas y problemas que llegan a mi consulta coinciden con un fenómeno que parece estar cada vez más presente en la sociedad actual: el aumento de las conductas agresivas.

No hablamos únicamente de la violencia de género. También aparece en las relaciones entre padres e hijos, entre hijos y padres, y en el ámbito laboral. La agresividad puede convertirse en una forma de responder ante aquello que no sabemos cómo afrontar.

 Seward (1945) contribuyo a matizar la hipótesis original de Dollard ( 1939), relacionó la conducta agresiva con experiencias como la ansiedad, la depresión y la frustración( se espera una recompensa-se elimina la recompensa-aparece frustración- aumenta la agresividad). Pero quizá, para comprender mejor lo que está ocurriendo, sea oportuno recurrir a la mitología. Los mitos representan problemas de la realidad cotidiana que, aunque adopten formas diferentes, acompañan al ser humano desde hace miles de años.

Uno de ellos es el mito de Ícaro.

A Ícaro le concedieron unas alas hechas de plumas y cera para escapar de Creta, pero también recibió una advertencia: no debía acercarse demasiado al sol. Llevado por el entusiasmo y por la sensación de poder que le proporcionaba aquella capacidad recién adquirida, ignoró las advertencias. El calor del sol derritió la cera y terminó cayendo al mar.

Quizá exista aquí una enseñanza que continúa siendo actual: confundimos con demasiada frecuencia tener la capacidad para hacer algo con tener la capacidad para controlar sus consecuencias.

El ser humano puede transformar muchas cosas. Puede tomar decisiones, modificar circunstancias, aprender, construir y avanzar. Pero eso no significa que pueda controlar completamente aquello que sucederá después.

Desde pequeños se nos educa, en cierta medida, en la idea de que cuanto mayor sea nuestro control, menor será nuestro sufrimiento. Sin embargo, puede ocurrir precisamente lo contrario.

La lucha constante por controlar aquello que no puede ser controlado puede convertirse en una fuente de sufrimiento.

La culpa, desde mi punto de vista, no siempre está en el individuo. También debemos preguntarnos qué tipo de sociedad estamos construyendo cuando promete el bienestar a través del rendimiento, el consumo, la imagen y el control.

Una sociedad que parece decirnos que debemos ser capaces de conseguirlo todo puede terminar generando aquello mismo que intenta evitar: ansiedad, depresión, vacío, frustración y sensación de insuficiencia.

La jubilación de personas que han dedicado toda una vida al trabajo puede ser un ejemplo. Cuando el trabajo desaparece, algunas personas pierden también una parte importante de aquello que daba sentido, identidad y estructura a su vida.

Algo parecido puede observarse en lo que denominamos depresión postvacacional: después de un periodo de descanso, el regreso a una vida organizada alrededor de las obligaciones y del rendimiento puede resultar especialmente difícil para algunas personas.

Quizá la cuestión de fondo sea siempre la misma:

¿Qué ocurre cuando la realidad deja de responder a aquello que queremos controlar?

La ansiedad, la depresión o incluso determinadas conductas agresivas pueden aparecer, en algunos casos, como expresión del conflicto entre lo que queremos controlar y aquello que realmente podemos controlar.

Desde algunas tradiciones orientales se ha cuestionado precisamente esta tendencia occidental a convertir el yo en el centro de la realidad.

Mi éxito.
Mi imagen.
Mi posición.
Mis posesiones.
Mis problemas.

Cuando el yo se convierte en el centro desde el que interpretamos toda nuestra existencia, cualquier amenaza sobre nuestra imagen, nuestro éxito o nuestra posición puede sentirse como una amenaza sobre nosotros mismos.

Y quizá ahí aparezca una de las grandes paradojas de nuestra época: cuanto más intentamos controlar la realidad para sentirnos seguros, más dependemos de que la realidad permanezca bajo nuestro control.

¿Cómo plantear la intervención terapéutica?

Ante esta realidad, la intervención terapéutica no consistiría simplemente en enseñar a la persona a controlar mejor aquello que le sucede.

Desde una terapia individual, y desde un enfoque integrador, puede ser necesario trabajar sobre el significado que la persona atribuye a aquello que está viviendo.

La logoterapia y la perspectiva existencialista permiten explorar cuestiones relacionadas con el sentido, la responsabilidad, la libertad y los límites de la existencia. A ello puede incorporarse la perspectiva cognitivo-conductual, trabajando sobre pensamientos, emociones y conductas concretas que mantienen el sufrimiento.

No se trata de renunciar a avanzar.

Tampoco de aceptar pasivamente aquello que puede cambiarse.

Se trata de aprender a distinguir entre lo que depende de nosotros y lo que no depende de nosotros, entre aquello que podemos transformar y aquello que debemos aprender a aceptar.

Porque quizá el problema no esté en querer avanzar.

El problema comienza cuando confundimos avanzar con querer controlarlo todo.

Y esa, quizá, sea una de las grandes ilusiones del ser humano: creer que cuanto más control tenemos sobre nuestra vida, menos sufriremos.