NO TENGO TIEMPO
Vivimos con la sensación de que siempre falta tiempo. El día se llena de obligaciones, responsabilidades y preocupaciones, y poco a poco podemos llegar a sentir que nunca conseguimos detenernos. El problema no siempre está en tener demasiado que hacer, sino en no encontrar un espacio para poder estar.
Cuando la exigencia se mantiene durante demasiado tiempo, el cuerpo y la mente terminan pagando el precio. Comprender qué nos está llevando a vivir de esta manera puede ser el comienzo de recuperar un ritmo más humano.
¿QUÉ ES?
El estrés aparece cuando sentimos que las exigencias de la vida superan, o están a punto de superar, nuestra capacidad para afrontarlas. No siempre es malo. Una cierta dosis de estrés puede ayudarnos a reaccionar, concentrarnos y hacer frente a determinadas situaciones.
El problema aparece cuando aquello que debería ser una respuesta puntual se convierte en nuestra manera habitual de vivir. Cuando estamos continuamente pendientes de lo que falta, de lo que tenemos que hacer, de lo que puede ocurrir o de aquello que todavía no hemos conseguido resolver.
Quizá por eso una de las frases que más escuchamos sea también una de las más significativas: «No tengo tiempo». A veces no es que no tengamos tiempo; es que llevamos demasiado tiempo sin poder parar.
SÍNTOMAS
El estrés puede manifestarse tanto en la mente como en el cuerpo. Preocupación constante, sensación de estar desbordado, irritabilidad, dificultad para concentrarse, cansancio o incapacidad para desconectar.
También puede aparecer a través de dolores de cabeza, tensión muscular, palpitaciones, molestias digestivas, alteraciones del sueño o sensación de agotamiento.
A veces seguimos adelante pensando que todavía podemos aguantar un poco más. Y precisamente ese «un poco más» puede convertirse, con el tiempo, en demasiado.
¿CUÁNDO PEDIR AYUDA?
Cuando vivir con tensión se convierte en algo habitual y ya no conseguimos descansar aunque tengamos la oportunidad de hacerlo.
Cuando el estrés comienza a afectar al sueño, al trabajo, a las relaciones, al estado de ánimo o a nuestra capacidad para disfrutar de las cosas cotidianas.
No hace falta esperar a que el cuerpo nos obligue a detenernos. A veces conviene escuchar las primeras señales antes de que tengan que gritar.
¿CÓMO SE TRABAJA?
Trabajar el estrés no consiste simplemente en aprender a relajarse.
Hay que preguntarse qué está generando esa tensión y, sobre todo, cuánto tiempo llevamos viviendo de esa manera. Qué exigencias nos imponemos, qué responsabilidades asumimos, qué dificultades no estamos resolviendo y por qué nos resulta tan difícil detenernos.
A veces será necesario modificar determinadas formas de afrontar la vida. Otras veces habrá que trabajar aquello que existe debajo de la exigencia: miedo, necesidad de control, perfeccionismo, culpa o dificultad para poner límites.
Porque si solamente aprendemos a relajarnos para después volver a vivir exactamente de la misma manera, probablemente el problema volverá.
¿QUÉ TIPO DE TERAPIAS PUEDEN AYUDAR?
Existen diferentes enfoques psicológicos que pueden ayudar a trabajar el estrés. La terapia cognitivo-conductual puede ser útil para identificar pensamientos y conductas que mantienen la tensión y aprender nuevas formas de afrontamiento.
También pueden resultar útiles enfoques humanistas, existenciales, sistémicos o psicodinámicos, especialmente cuando el estrés está relacionado con la historia personal, las relaciones, las exigencias internas o determinadas circunstancias vitales.
Por eso considero que no se trata solamente de enseñar a una persona a relajarse, sino de comprender por qué necesita vivir permanentemente en tensión.
¿CUÁNDO PUEDE CONFUNDIRSE CON OTROS PROBLEMAS?
El estrés puede compartir síntomas con la ansiedad, la depresión, los problemas del sueño y otras dificultades psicológicas. El cansancio, la irritabilidad, la falta de concentración o las alteraciones físicas pueden aparecer en situaciones muy diferentes.
También puede ocurrir que una persona atribuya todo lo que siente al estrés cuando detrás existe otro problema que necesita ser comprendido.
Por eso no deberíamos quedarnos únicamente con el síntoma. Lo importante es descubrir qué está ocurriendo, cuánto tiempo lleva ocurriendo y qué lugar ocupa ese malestar en la vida de la persona.