Sentido de la vida y crisis existencial

¿QUÉ SOMOS?

La química de la vida, las paradojas de la existencia y el misterio de ser humanos.

Vicente Navarro Escriba, psicólogo en Sabadell
Vicente Navarro Escriba Psicólogo General Sanitario·Sabadell·7 min de lectura
Galaxias en el espacio profundo
Casi todos los elementos que nos componen se formaron en el interior de las estrellas.

En mi consulta hay una preocupación que aparece con cierta frecuencia, especialmente alrededor de los cincuenta años: la crisis existencial. De pronto, ni la pareja ni el trabajo parecen tener ya el valor que tenían.

Algunas personas, después de haber dedicado gran parte de su vida al trabajo, a la familia y a alcanzar determinados objetivos, comienzan a preguntarse qué sentido ha tenido todo aquello. A veces descubren que han cumplido metas que parecían importantes, pero que apenas se habían detenido a pensar qué deseaban realmente.

He visto también a personas que, tras dejar un puesto de responsabilidad, empiezan a llenar el día de comprobaciones y rituales que acaban ocupando el lugar que antes ocupaba el trabajo. En ocasiones eso llega a parecerse a un trastorno obsesivo-compulsivo. Es como si el orden de los rituales viniera a sustituir al sentido que antes daba la actividad, aunque quien lo vive rara vez relaciona una cosa con la otra.

No siempre se trata de lamentar lo que no se ha conseguido. En ocasiones, la inquietud aparece al descubrir que se ha vivido respondiendo a las expectativas de los demás, cumpliendo obligaciones o persiguiendo objetivos sin preguntarse si realmente se correspondían con los propios deseos.

El paso del tiempo adquiere entonces otra dimensión. Ya no se trata solamente de lo que se ha conseguido, sino también de lo que ha quedado pendiente y de la conciencia de que no existe un tiempo ilimitado.

En algunos casos, esta preocupación se acompaña de una atención excesiva a la salud y del temor persistente a padecer una enfermedad grave. En el trastorno de ansiedad por enfermedad, la posibilidad de estar enfermo puede ocupar gran parte de la vida cotidiana.

A veces, detrás de ese temor aparece también el miedo a morir, a no disponer de tiempo suficiente o a dejar desprotegidas a las personas queridas.

DE LA MATERIA A LA VIDA

Imaginemos un átomo de carbono. Su historia comenzó hace miles de millones de años, en el interior de una estrella. Allí se formó mediante procesos nucleares y, cuando aquella estrella llegó al final de su vida, parte de su materia fue expulsada al espacio.

Durante miles de millones de años, ese carbono viajó por la galaxia hasta formar parte de una nube de materia que acabaría contribuyendo a la formación de nuestro sistema solar y de la Tierra.

Mucho después, aquel átomo pudo encontrarse en la atmósfera, formando parte de una molécula de dióxido de carbono. Una vid incorporó ese carbono mediante la fotosíntesis y lo utilizó para construir sus tejidos. Terminó formando parte de una uva y, más tarde, del vino que alguien bebió.

Así, un átomo que nació en el interior de una estrella pudo acabar formando parte de una persona.

Nuestro cuerpo está formado por elementos como el carbono, el hidrógeno, el oxígeno, el nitrógeno y el calcio. Por separado, ninguno de ellos está vivo, siente o piensa. Sin embargo, al organizarse en estructuras complejas, hacen posibles las células, los tejidos, los órganos y los organismos.

Esta es una de las grandes paradojas de nuestra existencia: estamos construidos con materia que, por sí misma, no está viva, pero que, al organizarse, hace posible la vida.

La vida no depende únicamente de los elementos que nos componen, sino también de cómo se relacionan entre sí.

LA QUÍMICA DE LAS DIFERENCIAS

En el mundo del vino existe un concepto conocido como terroir. Dos cepas de la misma variedad pueden producir vinos muy diferentes dependiendo del suelo, la altitud, la humedad, la orientación y la exposición al sol. La variedad es la misma, pero la tierra también deja su huella.

Algo parecido sucede con las personas.

Compartimos buena parte de nuestros ingredientes biológicos, pero cada individuo se desarrolla en unas condiciones particulares. La genética, el entorno familiar, las experiencias, la cultura y las relaciones van configurando una historia personal. Incluso ante una misma experiencia, cada persona puede construir una interpretación distinta.

Tenemos muchos ingredientes en común, pero cada persona acaba siendo una combinación irrepetible.

Nadie elige las condiciones iniciales de su existencia. Sin embargo, tampoco estamos completamente determinados por ellas.

EL CUERPO Y EL PASO DEL TIEMPO

Nuestro organismo está en constante transformación. Muchas de nuestras células se renuevan, los tejidos cambian y nuestro cuerpo se adapta a las circunstancias. Vivir implica cambiar continuamente.

La medicina intenta comprender estos procesos, prevenir enfermedades y prolongar la vida. Pero el tiempo también deja su huella. Envejecemos y, finalmente, nuestra existencia termina.

Necesitamos cambiar constantemente para seguir viviendo, pero el paso del tiempo también nos acerca al final de nuestra existencia.

Quizá una de las mayores dificultades humanas consista precisamente en aceptar que aquello que nos permite vivir también nos conduce, inevitablemente, hacia la muerte.

Somos conscientes de que nuestra vida tiene un final y, sin embargo, a veces el miedo a perderla termina impidiéndonos vivirla plenamente.

LA PARADOJA DE LA CONCIENCIA

Aquel átomo de carbono no sabe de dónde viene ni conoce la historia que ha recorrido. Tampoco es consciente de formar parte de una persona. No existe evidencia científica de que un átomo tenga conciencia.

Sin embargo, cuando la materia alcanza determinados niveles de organización, aparecen propiedades que no encontramos en sus componentes aislados. La unión produce cualidades que ninguno de ellos poseía por separado. Es lo que se conoce como emergencia.

El cerebro humano es una organización extraordinariamente compleja de células y conexiones que hace posibles la memoria, las emociones, el pensamiento y la experiencia subjetiva. Aunque la ciencia ha avanzado mucho en su estudio, todavía no comprende por completo cómo surge la experiencia consciente.

La materia, sin dejar de ser materia, llega a organizarse hasta hacer posible la conciencia de existir.

En cierto sentido, somos una parte del universo que ha desarrollado la capacidad de contemplarlo y preguntarse por su propio origen.

LA QUÍMICA DE LOS ENCUENTROS

Nuestra existencia tampoco se construye en solitario. Necesitamos a los demás para desarrollarnos, establecer vínculos y encontrar reconocimiento y pertenencia.

Las relaciones dejan huellas. Aprendemos formas de querer, de protegernos, de expresar el malestar y de relacionarnos con quienes nos rodean. Muchas de esas maneras de actuar se originan en experiencias tempranas y pueden repetirse sin que seamos plenamente conscientes de ello.

En ocasiones, terminamos reproduciendo relaciones que nos hacen daño porque son las que hemos aprendido a reconocer. Comprender nuestra historia permite identificar esos patrones y empezar a construir otras formas de relacionarnos.

No podemos cambiar todo lo que hemos vivido, pero sí podemos revisar el significado que le damos y la manera en que influye en nuestro presente.

EL VIAJE QUE NUNCA TERMINA

Hay experiencias que no terminan con quien las vivió. El maltrato, la violencia y determinadas formas de relacionarse pueden transmitirse de una generación a otra. Quien ha crecido en un entorno de violencia puede tener un riesgo mayor de reproducirla, aunque eso no significa que esté condenado a hacerlo.

Heredamos riesgos, no destinos.

Las experiencias dejan huellas, pero no tienen por qué convertirse en nuestra herencia para quienes vienen después.

Y aquí aparece otra posibilidad de nuestra existencia: quizá, aunque no podamos alcanzar la inmortalidad como individuos, sí podamos contribuir a una forma de continuidad a través de las generaciones.

Transmitimos genes, pero también conocimientos, recuerdos, valores, afectos y maneras de interpretar el mundo. Algo de lo que hemos sido puede permanecer en las personas a las que hemos acompañado, educado, querido o influido.

Esto no significa que nuestra conciencia sobreviva en ellas. Nuestra experiencia individual tiene un final, pero aquello que hemos transmitido puede seguir transformándose y formando parte de otras vidas mucho después de nuestra desaparición.

Quizá esa sea una de las posibilidades más importantes de la condición humana: no solo recibir una historia, sino también participar en la construcción de la que vendrá después.

No hemos elegido nuestros primeros ingredientes ni las circunstancias en las que comenzó nuestra historia. Pero podemos intentar comprenderla, cuestionar lo aprendido y decidir qué queremos conservar y qué no queremos transmitir.

VOLVIENDO A LA CONSULTA

Vuelvo entonces a aquella persona de cincuenta años con la que empezaba este artículo.

Cuando alguien atraviesa una crisis así y sale por el otro lado, lo que suele cambiar no es que haya encontrado por fin una respuesta a qué sentido tiene su vida. Lo que cambia es la pregunta. Deja de preguntarse cuánto tiempo le queda y empieza a preguntarse qué quiere hacer con el que tiene, y qué quiere dejar en quienes vienen detrás.

Somos, en su mayor parte, materia procedente de las estrellas, organizada durante miles de millones de años hasta alcanzar la posibilidad de pensar, sentir y amar. Una materia que, durante un breve instante de la historia del universo, ha llegado a preguntarse de dónde viene y qué significado quiere dar a su existencia.

Tal vez el sentido no esté en evitar que el viaje termine, sino en lo que hacemos mientras dura y en aquello que dejamos en quienes continúan el camino.

Quizá no podamos evitar convertirnos algún día en polvo de estrellas. Pero podemos conseguir que algo de nuestra existencia siga iluminando el camino de quienes vendrán después.

Vicente Navarro Escriba

Psicólogo General Sanitario · Sabadell
N.º Colegiado 5636 (COPC)
Más de 36 años de experiencia clínica

Autor de los artículos de este blog sobre psicología, psicoterapia y salud mental, elaborados a partir de la experiencia clínica, la evidencia científica y la reflexión sobre la naturaleza humana.

Conocer mi trayectoria

Si llevas tiempo preguntándote qué sentido tiene lo que has construido, o el miedo al paso del tiempo te está ocupando más espacio del que quisieras, podemos hablarlo en mi consulta de Sabadell o mediante terapia online.

Reservar una primera visita