CUANDO EL IMPULSO VENCE AL PENSAMIENTO: DE LA REACCIÓN A LA RESPONSABILIDAD

Hay discusiones que comienzan por una tontería y terminan convirtiéndose en una auténtica batalla. Una palabra fuera de lugar, un gesto que se interpreta como desprecio o un mensaje que llega en el momento menos oportuno. Alguien responde con ira, el otro contraataca y, cuando finalmente llega la calma, aparecen las preguntas: ¿por qué he dicho eso?, ¿por qué no me he callado?, ¿por qué he vuelto a reaccionar de la misma manera?

Lo curioso es que muchas personas saben perfectamente lo que deberían haber hecho. Sin embargo, en el momento decisivo, el impulso parece imponerse al pensamiento.

El investigador francés Henri Laborit dedicó buena parte de su trabajo a estudiar los mecanismos biológicos de la conducta y la importancia de la acción en la adaptación al entorno. Su reflexión permite comprender que el cerebro no está dedicado exclusivamente al pensamiento: también organiza respuestas para actuar, protegernos y adaptarnos. Esta capacidad es necesaria para la supervivencia, pero puede convertirse en un problema cuando reaccionamos sin valorar las consecuencias.

La impulsividad no comienza en la edad adulta. A los tres o cuatro años, un niño puede golpear a otro porque le ha quitado un juguete o protagonizar una rabieta porque no consigue lo que quiere. Todavía está desarrollando las capacidades necesarias para regular sus emociones, controlar sus impulsos y comprender las consecuencias de sus actos.

Los adultos tenemos una responsabilidad importante en ese aprendizaje. No basta con decirle que no debe pegar o que tiene que esperar. También necesita experimentar límites, reconocer lo que siente y aprender progresivamente a tolerar la frustración. Lo que comienza como una regulación acompañada por los adultos debe convertirse, poco a poco, en capacidad de autorregulación.

Y aquí aparece una cuestión fundamental: ¿podemos enseñar al cerebro a no obedecer todos sus impulsos?

La respuesta es sí. Nuestro cerebro también aprende a inhibir determinadas respuestas. Podemos desarrollar la capacidad de esperar antes de contestar, contener una reacción agresiva o renunciar a una satisfacción inmediata cuando sabemos que puede perjudicarnos.

No se trata de reprimir las emociones. Reprimir el enfado, negar el miedo o fingir que nada nos afecta puede generar nuevos conflictos. La cuestión es aprender a reconocer lo que sentimos sin convertirlo automáticamente en una conducta.

Pensemos en alguien que recibe un mensaje ofensivo. Puede responder inmediatamente con otro insulto o dejar pasar unos minutos y decidir qué quiere comunicar realmente. La diferencia no está en sentir menos enfado, sino en conseguir que el enfado no decida por él.

La repetición de estas pequeñas experiencias contribuye a desarrollar el control inhibitorio y la autorregulación. Entre lo que sentimos y lo que hacemos puede existir una pausa. Y en esa pausa se encuentra una parte esencial de nuestra capacidad de elección.

Sin embargo, vivimos en una cultura que parece favorecer justamente lo contrario: la inmediatez, la respuesta rápida y la satisfacción del deseo. Alain Finkielkraut, en La derrota del pensamiento (1987), cuestionaba una cultura en la que el conocimiento y la reflexión crítica podían quedar desplazados por el consumo de información y las opiniones superficiales.

Hoy podemos comprobarlo a diario. Se comparte una noticia sin contrastarla, se juzga a una persona por un comentario aislado y se emiten opiniones después de leer únicamente un titular. Tener acceso a mucha información no significa necesariamente haber aprendido a pensar.

Esta dificultad para detenerse y reflexionar también tiene consecuencias en la manera de asumir la propia conducta. Pascal Bruckner, en La tentación de la inocencia (1995), analiza la tendencia a reclamar los derechos y las ventajas de la vida adulta sin asumir siempre las responsabilidades que los acompañan.

Pensemos en alguien que justifica continuamente sus estallidos de ira por el carácter de su pareja. Puede que sus circunstancias sean difíciles y que existan motivos para su malestar, pero eso no elimina el daño que puede ocasionar. Reconocer lo que otros nos han hecho no debería impedirnos preguntarnos qué hacemos nosotros con aquello que hemos vivido.

Esto no significa que seamos responsables de todas las injusticias que padecemos ni de las circunstancias que nos han tocado vivir. Significa distinguir entre aquello que no podemos controlar y la parte de nuestra conducta sobre la que sí podemos intervenir.

En La miseria de la prosperidad (2002), Bruckner aborda otra paradoja: disponer de abundancia material no garantiza la felicidad. La necesidad de conseguir siempre algo más, la dificultad para aceptar límites y la frustración ante cualquier deseo insatisfecho pueden mantenernos en una búsqueda interminable de satisfacción.

Comprar para aliviar un malestar, necesitar constantemente nuevas experiencias o frustrarse porque los demás no responden a nuestras expectativas son ejemplos de esa dificultad para tolerar la espera y los límites. No todo deseo necesita convertirse en una necesidad, ni toda frustración exige una respuesta inmediata.

Pero hay una cuestión que va más allá del autocontrol: nuestras acciones no nos afectan únicamente a nosotros. También repercuten en quienes nos rodean.

Michael Sandel, en Justicia: ¿Hacemos lo que debemos?, plantea dilemas morales que nos obligan a preguntarnos qué significa actuar justamente. Sus reflexiones nos recuerdan que no basta con valorar nuestras intenciones o explicar nuestras circunstancias. También debemos considerar las consecuencias de nuestros actos, los derechos de los demás y nuestra responsabilidad hacia ellos.

Podemos comprender que una persona esté enfadada, que se sienta herida o que haya vivido experiencias difíciles. Pero comprender su reacción no significa justificar que humille, agreda o perjudique a otros.

Aquí aparece una diferencia fundamental: explicar una conducta no equivale a legitimarla. La comprensión psicológica nos ayuda a descubrir por qué actuamos de determinada manera; la reflexión ética nos obliga a preguntarnos si aquello que hacemos respeta también a los demás.

En la consulta psicológica encontramos personas que desean cambiar precisamente eso: no quieren volver a perder el control, deteriorar una relación o sentirse culpables por algo que podrían haber evitado. Comprender el origen de esas reacciones es un primer paso. Aprender a reconocerlas, regularlas y detenerlas requiere tiempo, práctica y, en ocasiones, ayuda profesional.

Al final, quizá la madurez no consista en dejar de sentir ira, miedo, deseo o frustración. Tampoco en convertirnos en personas que calculan cada movimiento. Consiste en desarrollar la capacidad de no obedecer automáticamente todo aquello que sentimos.

Porque entre el impulso y la acción existe un espacio que podemos aprender a ocupar con pensamiento, responsabilidad y consideración hacia los demás.

Comprender nuestras reacciones nos ayuda a conocernos; aprender a regularlas nos permite elegir; asumir sus consecuencias nos permite convivir con los demás.

Madurar no consiste en dejar de sentir impulsos, sino en aprender que no estamos obligados a obedecerlos.