RELACIONES Y PODER
LA ETERNA HISTORIA DEL DOMINANTE Y EL DOMINADO: COMO LOS CHIMPANCÉS
Desde siempre, las relaciones humanas también han estado atravesadas por el poder. En algunas relaciones se establece un equilibrio; en otras, alguien termina imponiendo, controlando o sometiendo, mientras el otro aprende a ceder para evitar el conflicto.
Quizá algunas de estas dinámicas tengan raíces mucho más antiguas de lo que pensamos. Pero comprender de dónde vienen nuestros comportamientos no significa estar condenados a repetirlos.
El acoso aparece cuando esa desigualdad de poder se convierte en sometimiento, humillación o intimidación.
Las relaciones humanas pueden construirse desde otro lugar: el respeto, la reciprocidad y la libertad.
¿QUÉ ES?
El acoso aparece cuando una persona es sometida de manera repetida a conductas de intimidación, humillación, rechazo, amenazas o agresión por parte de otra persona o de un grupo.
Puede ocurrir en el colegio, en el trabajo, en las relaciones sociales y también a través de internet.
Pero quizá lo más importante no sea solamente lo que se hace, sino lo que termina produciendo en quien lo sufre: sentirse inferior, diferente, culpable, solo o sin capacidad para defenderse.
Nadie debería acostumbrarse a ser humillado para poder formar parte de un grupo.
SÍNTOMAS
El acoso puede producir miedo, tristeza, ansiedad, irritabilidad, aislamiento, pérdida de confianza, dificultades para dormir o cambios en el comportamiento.
En niños y adolescentes puede aparecer rechazo a ir al colegio, descenso del rendimiento, dolores de cabeza o de estómago, cambios en el sueño o en el apetito y una pérdida repentina de interés por actividades que antes disfrutaban.
En adultos también puede aparecer agotamiento, angustia, inseguridad, dificultad para concentrarse o una sensación constante de estar siendo juzgado.
A veces la persona no dice «me están acosando». Simplemente empieza a decir que no quiere ir, que no quiere salir o que no quiere hablar.
¿CUÁNDO PEDIR AYUDA?
Cuando el miedo, la humillación o el sufrimiento comienzan a cambiar la manera de vivir de la persona.
Cuando deja de querer acudir al colegio o al trabajo, se aísla, pierde relaciones, cambia su comportamiento o empieza a sentirse responsable de aquello que le están haciendo.
No hay que esperar a que la situación sea insoportable.
Pedir ayuda no significa ser débil. Significa que nadie debería tener que enfrentarse solo a una situación de acoso.
¿CÓMO SE TRABAJA?
Lo primero es comprender qué está ocurriendo y no responsabilizar a quien lo está sufriendo.
Hay que recuperar la sensación de seguridad, trabajar las consecuencias emocionales que ha producido el acoso y ayudar a la persona a recuperar poco a poco la confianza en sí misma y en los demás.
En niños y adolescentes es especialmente importante intervenir también en el entorno familiar y escolar. El niño no puede ser quien tenga que solucionar solo una situación que ocurre dentro de un grupo.
En ocasiones habrá que trabajar el miedo, la ansiedad, la autoestima o las experiencias que han quedado grabadas después del acoso.
Porque salir del acoso no siempre significa simplemente conseguir que deje de ocurrir. También significa recuperar aquello que el acoso pudo llevarse consigo.
¿QUÉ TIPO DE TERAPIAS PUEDEN AYUDAR?
La terapia cognitivo-conductual puede ayudar a trabajar la ansiedad, los pensamientos negativos, la autoestima y las respuestas que aparecen después de haber sufrido acoso.
También pueden ser importantes los enfoques humanistas, sistémicos o existenciales, especialmente cuando es necesario trabajar las relaciones, la identidad, la confianza y el significado que ha tenido esa experiencia para la persona.
En menores, la intervención puede necesitar la participación de la familia y la coordinación con el entorno educativo.
La terapia no debe enseñar a la víctima a soportar mejor el acoso. Debe ayudarla a recuperar su seguridad y su capacidad para vivir sin miedo.
¿CUÁNDO PUEDE CONFUNDIRSE CON OTROS PROBLEMAS?
Las consecuencias del acoso pueden parecerse a las de la ansiedad, la depresión, el estrés, los problemas de conducta o las dificultades de adaptación.
En niños y adolescentes, además, determinados cambios de conducta pueden interpretarse como desobediencia, falta de interés o problemas escolares cuando en realidad existe una situación de acoso detrás.
Por eso es importante mirar más allá de la conducta.
Un niño que no quiere ir al colegio puede no estar siendo «vago». Un adolescente que se encierra en su habitación puede no estar simplemente «rebelándose».
A veces una conducta que nos preocupa es solamente la parte visible de algo que todavía no se ha podido contar.
Y cuando alguien deja de sentirse seguro en un lugar, lo primero que necesita no es una etiqueta: necesita que alguien le escuche.