La inspiración para este artículo surge tras más de 36 años de experiencia clínica como psicólogo en hospitales de Barcelona, centros privados y, desde hace más de veinte años, en mi consulta de Sabadell, trabajando con personas que han acudido a consulta por ansiedad, depresión, conflictos de pareja, problemas de conducta infantil y otras muchas dificultades psicológicas.
Con frecuencia, algunos pacientes han descrito los cambios experimentados durante la terapia como si se hubieran producido «por arte de magia», ya que no alcanzaban a comprender cómo habían sido posibles. Sigmund Freud ya destacó la importancia de la transferencia y la contratransferencia en la relación terapéutica y su análisis, considerándolas elementos fundamentales para el avance de la terapia. Esta reflexión y conocimiento me llevó a pensar en los arquetipos de Carl Gustav Jung. En concreto, en el arquetipo del Mago.
Evidentemente, la psicoterapia no tiene nada de sobrenatural. Los cambios no se producen por un acto mágico, sino por un proceso psicológico basado en el conocimiento, la relación terapéutica y el trabajo conjunto entre terapeuta y paciente. Sin embargo, para quien vive ese cambio desde dentro, la transformación puede resultar tan sorprendente que llegue a percibirse como algo casi mágico.
Jung describió distintos arquetipos que representan formas universales de relacionarse con uno mismo y con los demás. Entre ellos se encuentra el Mago, símbolo de la transformación, del conocimiento y de la capacidad para ayudar a descubrir aquello que permanece oculto en la propia persona.
Desde hace años sabemos que uno de los factores más importantes para el éxito de una terapia es la calidad del vínculo terapéutico. Más allá de las técnicas psicológicas utilizadas, la personalidad del terapeuta influye de manera decisiva en la relación que establece con cada paciente.
Sin embargo, ningún terapeuta puede representar con la misma intensidad todos los arquetipos descritos por C. Gustav Jung. Cada profesional posee una forma particular de comprender, acompañar y relacionarse con las personas.
Por este motivo, no todos los pacientes conectan con el mismo tipo de terapeuta. Algunas personas necesitan una figura protectora, cercana y contenedora, más próxima al arquetipo del Cuidador. Otras, en cambio, conectan mejor con un terapeuta que favorece la reflexión, el descubrimiento personal y la transformación, características más próximas al arquetipo del Mago.
Cuando esa conexión no se produce, el paciente puede sentirse incómodo o poco comprendido. Esto no significa necesariamente que el terapeuta sea un mal profesional ni que el paciente no desee cambiar. En ocasiones, simplemente no se ha producido la conexión necesaria entre terapeuta y paciente para que la terapia despliegue todo su potencial.
Quizá una de las claves del éxito de la psicoterapia no resida únicamente en la técnica utilizada, sino también en encontrar al terapeuta cuya forma de ser y de acompañar conecte con las necesidades más profundas de cada persona.
La verdadera «magia» de la terapia no consiste en hacer desaparecer el sufrimiento, sino en ayudar a que la persona descubra recursos que ya existían en su interior y que, hasta ese momento, permanecían ocultos. Es entonces cuando aquello que parecía imposible comienza a hacerse posible.
Tanto en la personalidad del terapeuta como en la del paciente pueden coexistir varios de los arquetipos descritos por C. Gustav Jung. En mi caso, algunos pacientes me han descrito, como puede comprobarse en sus reseñas, con características próximas a los arquetipos del Mago, el Sabio y el Cuidador.
Considero que esta forma de ejercer la psicoterapia influye también en el perfil de las personas que llegan a mi consulta, ya que suelen sentirse más cómodas aquellas cuyas necesidades psicológicas conectan con este estilo de relación terapéutica.
Quizá el verdadero Mago nunca fue el terapeuta, sino la capacidad de transformación que cada persona lleva dentro y que la relación terapéutica ayuda a descubrir.