EL MIEDO ES MI DUEÑO
Cuando el miedo deja de ser una señal que nos protege y comienza a decidir por nosotros, nuestra vida puede empezar a hacerse cada vez más pequeña. Dejamos de hacer aquello que queremos, evitamos situaciones, lugares o personas y terminamos organizando nuestra vida alrededor de aquello que tememos.
El miedo puede llegar a ocupar tanto espacio que parece tener la última palabra. Pero comprenderlo, en lugar de combatirlo constantemente, puede ser el primer paso para recuperar la libertad que poco a poco nos ha ido quitando.
¿QUÉ ES?
Un ataque de pánico puede aparecer de repente, incluso cuando aparentemente no está ocurriendo nada peligroso. El cuerpo activa una respuesta de alarma muy intensa y la persona puede sentir que algo terrible está a punto de suceder.
El corazón se acelera, falta el aire, aparece el mareo, el miedo a perder el control o incluso la sensación de que se va a morir. Y lo paradójico es que el propio miedo a lo que está ocurriendo puede aumentar todavía más la alarma.
El cuerpo está reaccionando como si existiera un peligro inmediato, aunque ese peligro no sea realmente el que la persona está imaginando.
Por eso, quizá lo más importante sea comprender que sentir que algo terrible está ocurriendo no significa necesariamente que algo terrible esté ocurriendo.
SÍNTOMAS
Los ataques de pánico pueden producir una sensación repentina e intensa de miedo o malestar, acompañada de síntomas físicos como palpitaciones, aceleración del corazón, sensación de falta de aire, opresión en el pecho, temblores, sudoración, mareos, náuseas o sensación de pérdida de control.
También puede aparecer miedo a morir, a desmayarse, a volverse loco o a que ocurra algo irreparable.
En muchas ocasiones, lo que más termina asustando no es solamente el ataque, sino la posibilidad de que vuelva a ocurrir.
¿CUÁNDO PEDIR AYUDA?
Cuando el miedo a volver a sufrir un ataque comienza a condicionar nuestra vida.
Cuando dejamos de ir a determinados lugares, evitamos estar solos, necesitamos tener siempre cerca a alguien que nos ayude o comenzamos a organizar nuestra vida intentando estar cerca de aquello que consideramos seguro.
El problema puede dejar de ser entonces el ataque de pánico en sí mismo y convertirse en el miedo permanente a que vuelva a aparecer.
No hace falta esperar a que la vida empiece a hacerse pequeña para pedir ayuda.
¿CÓMO SE TRABAJA?
Lo primero es comprender qué está ocurriendo. Un ataque de pánico puede resultar aterrador, pero comprender cómo funciona la respuesta de alarma ayuda a dejar de interpretar cada sensación corporal como una catástrofe.
También es importante trabajar el miedo al propio miedo. Si cada palpitación se interpreta como una señal de peligro, la alarma vuelve a activarse y se crea un círculo difícil de romper.
El tratamiento puede incluir aprender a afrontar progresivamente las sensaciones y situaciones que se han comenzado a evitar, así como comprender qué circunstancias, pensamientos o experiencias están manteniendo el problema.
No se trata de luchar contra el cuerpo, sino de aprender a dejar de interpretarlo constantemente como un enemigo.
¿QUÉ TIPO DE TERAPIAS PUEDEN AYUDAR?
La terapia cognitivo-conductual dispone de estrategias especialmente eficaces para los ataques de pánico, trabajando la interpretación de las sensaciones corporales, las conductas de evitación y el miedo a que el ataque vuelva a producirse.
También pueden ser útiles otros enfoques terapéuticos cuando es necesario comprender aspectos más profundos de la historia personal, las relaciones, los conflictos o las circunstancias que están acompañando al problema.
Como en cualquier proceso psicológico, considero importante no tratar únicamente el síntoma, sino intentar comprender a la persona que lo está experimentando.
¿CUÁNDO PUEDEN CONFUNDIRSE CON OTROS PROBLEMAS?
Los síntomas de un ataque de pánico pueden parecerse a los de determinados problemas médicos, especialmente cuando aparecen por primera vez. Palpitaciones, dolor u opresión en el pecho, dificultad para respirar, mareos o desmayos no deben atribuirse automáticamente a la ansiedad.
También pueden aparecer síntomas similares en otros problemas psicológicos, como determinados trastornos de ansiedad, estrés o situaciones relacionadas con un trauma.
Por eso es importante realizar una valoración adecuada y no dar por hecho que todo lo que sentimos es ansiedad.
Porque el miedo puede decirnos que estamos en peligro, pero la sensación de peligro y el peligro real no siempre son la misma cosa