El miedo lleva 10.000 años a mi lado. No le temo: le doy las gracias.
El miedo forma parte de nuestra historia desde mucho antes de que pudiéramos ponerle un nombre. Nos acompaña, nos advierte, nos protege y, en ocasiones, también puede llegar a limitarnos. Quizá por eso no se trata tanto de vivir sin miedo como de comprender qué quiere decirnos cuando aparece.
¿QUÉ ES?
El miedo es probablemente una de las emociones más antiguas que conocemos. Nos acompaña desde hace miles de años y tiene una función: protegernos ante aquello que percibimos como peligroso.
El problema aparece cuando el miedo deja de ser una señal que nos ayuda a protegernos y comienza a decidir por nosotros. Cuando dejamos de hacer cosas, evitamos lugares, situaciones o personas y empezamos a organizar nuestra vida alrededor de aquello que tememos.
Una cosa es tener miedo. Otra muy diferente es vivir bajo sus órdenes.
Quizá por eso la pregunta no sea solamente «¿cómo puedo dejar de tener miedo?», sino también «¿por qué el miedo se ha convertido en mi dueño?».
SÍNTOMAS
El miedo puede aparecer de muchas maneras. Puede producir preocupación, inquietud, tensión, sensación de peligro, necesidad de escapar o de evitar aquello que nos asusta.
También puede manifestarse físicamente mediante palpitaciones, temblores, sudoración, sensación de falta de aire, mareos, tensión muscular, náuseas o sensación de pérdida de control.
En las fobias, el miedo puede concentrarse en un objeto, animal, situación o circunstancia concreta. Y en ocasiones el temor llega a ser tan intenso que la persona comienza a modificar su vida para no encontrarse con aquello que teme.
Entonces el miedo ya no solamente aparece ante el peligro: empieza a gobernar nuestra conducta.
¿CUÁNDO PEDIR AYUDA?
Cuando el miedo comienza a impedirnos vivir como queremos.
Cuando evitamos situaciones que nos gustaría afrontar, cuando necesitamos que otras personas nos acompañen para sentirnos seguros o cuando dedicamos demasiado tiempo a intentar controlar aquello que podría ocurrir.
No hace falta esperar a que el miedo sea insoportable. Si poco a poco vamos dejando de hacer cosas por miedo, quizá ya sea el momento de preguntarnos qué lugar está ocupando en nuestra vida.
¿CÓMO SE TRABAJA?
Trabajar un miedo no significa simplemente enfrentarse a él de cualquier manera.
Primero hay que comprenderlo. Saber qué lo desencadena, qué pensamos cuando aparece, qué hacemos para protegernos, qué evitamos y qué significado tiene ese miedo para nosotros.
En algunos casos será necesario aprender progresivamente a afrontar aquello que se teme, evitando que la huida siga reforzando el miedo. En otros, será importante comprender experiencias anteriores, conflictos, inseguridades o circunstancias que han contribuido a que ese temor aparezca o se mantenga.
Porque luchar contra el miedo sin comprenderlo puede hacer que aumente. A veces necesitamos dejar de preguntarnos solamente «¿cómo consigo que desaparezca?» y empezar a preguntarnos «¿qué me está intentando decir?».
¿QUÉ TIPO DE TERAPIAS PUEDEN AYUDAR?
La terapia cognitivo-conductual cuenta con estrategias especialmente útiles para determinados miedos y fobias, entre ellas el trabajo progresivo con las situaciones que se evitan y la modificación de determinados pensamientos y conductas.
Pero no todos los miedos son iguales ni tienen el mismo origen. Los enfoques humanistas, existenciales, sistémicos o psicodinámicos pueden ayudar a comprender la historia personal, las relaciones y el significado que ese miedo tiene para cada persona.
Por eso considero que no se trata únicamente de vencer el miedo, sino de comprenderlo y conseguir que vuelva a ocupar el lugar que le corresponde.
¿CUÁNDO PUEDE CONFUNDIRSE CON OTROS PROBLEMAS?
El miedo puede formar parte de diferentes problemas psicológicos y compartir síntomas con la ansiedad, las crisis de pánico, el estrés o determinadas situaciones traumáticas.
También puede ocurrir que una persona piense que tiene una fobia cuando en realidad existe un miedo más generalizado, una preocupación constante o una dificultad diferente que necesita ser comprendida.
Por eso es importante mirar más allá de aquello que provoca miedo. No solamente importa qué tememos, sino cómo vivimos ese temor, qué hacemos para evitarlo y hasta qué punto está condicionando nuestra vida.
Porque el objetivo no debería ser vivir sin miedo. Quizá sea algo más sencillo y, al mismo tiempo, más importante: que el miedo deje de decidir por nosotros.