La ansiedad es una de las experiencias psicológicas más frecuentes del ser humano. Nos acompaña desde la infancia hasta la vejez y aparece tanto en situaciones de sufrimiento como de alegría.
Después de más de 36 años de ejercicio profesional como psicólogo he tenido, unas veces, que pelear y, otras, aprender a convivir con una constante que siempre ha permanecido presente: la ansiedad. La he visto asociada a la enfermedad, a un nacimiento, al comienzo de una relación, a un nuevo trabajo y a innumerables cambios vitales. En unos casos ha ido acompañada de tristeza; en otros, de ilusión.
Nos acompaña desde que nacemos: primero con cosas tan básicas y elementales como el hambre o el dolor; después con otras más complejas que impone nuestro modo de vida.
Niños estresados
Con frecuencia llegan a consulta niños con inquietud, dificultades de atención o problemas para dormir. Antes de pensar exclusivamente en un trastorno del neurodesarrollo, conviene preguntarse también por el nivel de estrés al que están sometidos.
Recuerdo la sorpresa de un médico amigo cuando le comenté que los niños de nuestra época están muy estresados. Le describí entonces cómo es su día a día durante el curso escolar:
Se levantan con la ansiedad de unos padres que temen no llegar puntuales al colegio, porque eso les hará llegar tarde a su jornada laboral.
La ansiedad ante los profesores, porque no se saben la lección.
La ansiedad de las relaciones con los compañeros en el patio.
Salir del colegio con prisa para llegar a las extraescolares, comiéndose la merienda por el camino.
Llegar a casa con el agotamiento físico y mental de la jornada: ducharse, hacer los deberes, cenar y dormir.
En muchos casos que llegan a consulta por insomnio infantil o bruxismo, acabamos hablando de la ansiedad con la que toda la familia vive el día a día. El ritmo de vida actual, las prisas, la presión académica, las actividades extraescolares y la ansiedad que muchas veces transmitimos los adultos forman parte del contexto en el que esos niños crecen.
¿Y si el problema no fuera únicamente la ansiedad, sino la forma en que vivimos?
El samsara y nuestra época
Toda esta situación me ha llevado desde hace tiempo a pensar en el samsara hindú, que para algunas escuelas está marcado por el sufrimiento, el apego, el deseo y la ignorancia sobre la verdadera naturaleza de la realidad. El objetivo último es alcanzar la moksha: liberarse del ciclo de renacimientos y unirse a la realidad suprema, el brahman.
Si el brahman representa la unidad profunda de la existencia, la psicoterapia puede entenderse como el camino que permite atravesar las ilusiones del ego para acercarse a una experiencia más auténtica de uno mismo y de la realidad.
Resulta difícil no establecer cierto paralelismo con nuestra sociedad occidental. Vivimos con la sensación permanente de que siempre falta tiempo, de que siempre queda algo por conseguir y de que descansar parece un lujo reservado para las vacaciones. Paradójicamente, cuanto más progresa la tecnología, menos tiempo parece quedarnos para disfrutar de la vida.
La falta de tiempo y la persecución constante del deseo hacen que desde muy pequeños vivamos en un mundo de ansiedad, en el que el único contacto con una realidad tranquila parecen ser unas vacaciones cada vez más cortas. Cada vez menos tiempo para el placer y más para la ansiedad.
Mi abuelo tenía algo que nosotros hemos perdido
A menudo pienso en mi abuelo, agricultor. No tuvo electricidad durante buena parte de su vida ni disfrutó de los avances tecnológicos actuales. Sin embargo, tenía algo que nosotros parecemos haber perdido: tiempo.
Resulta paradójico comprobar cómo, disponiendo hoy de tantos recursos destinados a facilitarnos la vida, vivimos mucho más deprisa y con mucha más ansiedad.
Quizá nunca consigamos eliminar completamente la ansiedad, porque forma parte de la condición humana. Pero sí podemos aprender a relacionarnos con ella de una manera diferente. Tal vez el verdadero objetivo de la psicoterapia no sea vivir sin ansiedad, sino dejar de convertirla en el centro de nuestra existencia.
Solo entonces comenzaremos a recuperar algo que la velocidad del mundo moderno parece habernos robado: la capacidad de vivir el presente.
Quizá la ansiedad no sea siempre el enemigo que debemos combatir, sino el mensaje que necesitamos aprender a comprender.